Alvear: Walter y Silvina son ciegos, atletas y padres de tres hijas: “A fin de año queremos subir el Aconcagua”


Viven en General Alvear y los unió el sistema Braille y el deporte. Más tarde formaron una familia. “Nuestra vida es normal y jamás nos victimizamos”

Para Walter Alvarez (48), que es ciego y vive en General Alvear, la superación personal depende de uno y la clave es la actitud.

Walter, que trabaja en el Poder Judicial, no sólo lo expresa en palabras, sino que lo supo demostrar con hechos concretos. El accidente que lo dejó completamente ciego, hace casi 30 años, lejos de amedrentarlo, lo impulsó hacia adelante.

Por eso no fue casualidad que, desde aquel día de 1994, cuando en forma accidental perdió su único ojo sano –de niño había sufrido una mala praxis en el otro órgano— supo sobrellevarlo con un impulso que sorprendió a propios y extraños.

Apenas pocos meses después de convertirse una persona no vidente, y adaptarse como pudo, fue a buscarlo un grupo de deportistas de Alvear en su misma condición. No dudó en seguirlos y, de allí en adelante, nunca más dejó de mover el cuerpo: es atleta amateur al igual que su esposa, Silvina Castro, también ciega.

“Ella estudiaba el sistema Braille y me enganché. Fue así que empezamos a viajar a Mendoza para la rehabilitación y también compartíamos tiempo, deporte y carreras. También aprendimos juntos a usar el bastón. Y así, un día nació el amor”, recuerda.

Silvina padeció desde muy pequeña una enfermedad genética que con los años fue deteriorando su visión. También sufrió un glaucoma que no fue atendido en su debido tiempo. Hoy, también ella es completamente ciega.

“Muchas veces, cuando alguien tiene una discapacidad suele aislarse solo. Por prejuicios, por el qué dirán. Veo que en muchos casos se pierde un tiempo hermoso dándole vueltas a un problema que no tiene solución. Es quedarse en casa encerrado o salir al mundo”, reflexiona, para argumentar que la actitud frente a la vida es todo.

Walter y Silvina tuvieron tres hijas y la dinámica familiar fluyó de manera natural desde el primer día.

A sus hijas Carolina (21); Martina (19) y Delfina (14) no las suele definir como “sus ojos”.

“Muchos suelen preguntarnos si ellas son nuestras guías. Tal vez en cuestiones sencillas, como leer un papel o una boleta que llega a casa, pero en el resto jamás le pusimos esa carga. Suele pasarme de salir con alguna de ellas a comprarme algo, como una prenda de vestir, y les hablan a ellas, por eso aclaro que el cliente soy yo. Tampoco me gusta victimizarme ni que me llamen ´cieguito’, o cualquier otro disminutivo por el hecho de tener una discapacidad. La lástima no sirve”, reflexiona.

Anécdotas familiares, dice, tienen a montones. “Sin embargo, nunca nos pasó nada grave por criar a tres hijas sin poder ver. No hemos tenido mayores accidentes más allá de haberle dado a alguna de ellas gotas para el oído cuando eran para la panza”, relata y ríe.

“Tampoco sufrimos jamás un accidente doméstico. Nos sentábamos en la cama con las niñas que gateaban y, simplemente, estábamos atentos. Le decía a mi esposa: ´Allí va la beba’ y ella la recibía…”, relata.

Para las chicas fue tan natural crecer con padres ciegos que, apenas comenzaron a caminar, eran ellas las primeras que buscaban los bastones de sus padres para convencerlos de salir a pasear.

EL DEPORTE, UN HÁBITO Y EL ACONCAGUA, UN OBJETIVO

El deporte, concretamente el atletismo (triatlones, maratones, pentatlones) forman parte de la vida de ambos de manera casi rutinaria.

“No es solamente una cuestión vinculada con la salud, sino una manera de evitar el estrés, la ansiedad, de hacer grupos sociales, despejarse…”, señala Walter, para agregar: “Recomiendo una actividad física como terapia, ya sea yoga, natación, caminata, lo que sea”.

Si bien han estado federados y Walter participó en alguna oportunidad de los Juegos Panamericanos en Buenos Aires, hoy corren “a pulmón”.

“Entrenamos y corremos en las categorías que podemos. No hay, en general, categorías para discapacitados. Pero esto va mucho más allá porque es un desafío propio. Hoy nuestro proyecto es subir el Aconcagua a fin de año, para lo cual necesitamos apoyo y sponsors”, remarca.

Walter insiste en que su vida es completamente normal y que transitarla libre de prejuicios es la clave.

“Trabajo en una oficina donde tengo una computadora especial. La tecnología ayuda muchísimo en estos tiempos. Mi esposa es ama de casa y excelente cocinera y artesana, elabora unos dulces exquisitos. El secreto es afrontar la discapacidad, pero jamás quedándose encerrado”, concluye.

Y finaliza: “Esperar un milagro no sirve. Encerrarse por el qué dirán, tampoco. Nosotros elegimos apostar”.

Fuente:Los Andes

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